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Los problemas de Xbox son más graves de lo que parecen, según su propio CEO

Un reinicio nada disimulado

Habituados a un ciclo interminable de promesas, retrasos y bandazos estratégicos, la comunidad de jugadores ha desarrollado un olfato bastante fino para detectar cuando algo no encaja. En el caso de Xbox, lo que no encaja es la narrativa. Tras un showcase repleto de títulos potentes como Gears of War: E-Day, Fable, Clockwork Revolution o State of Decay 3, cualquiera diría que la división de videojuegos de Microsoft atraviesa un momento dulce. Nada más lejos de la realidad. Las grietas no solo se mantienen abiertas, sino que la propia cúpula directiva ha decidido señalarlas en voz alta.

Da la impresión de que el entusiasmo generado por los tráilers fue apenas un espejismo. Apenas se apagó el ruido del evento, la CEO de esta nueva etapa, Asha Sharma, dejó caer una serie de confesiones que pintan un panorama más propio de una empresa en plena crisis de identidad que de un publisher dispuesto a dominar la generación.

Los números detrás del discurso triunfalista

Cuando los ejecutivos empiezan a hablar de márgenes de responsabilidad y pérdidas millonarias, es que se han acabado las cortinas de humo. Según lo expuesto por Sharma, Microsoft maneja un margen de rendición de cuentas de apenas un 3% en su división de videojuegos. Poniéndolo en cifras concretas, estamos hablando de más de 20.000 millones de dólares en inversiones en los últimos cinco años, sin contar la mastodóntica compra de Activision Blizzard, que han desembocado en una pérdida cercana a los 500 millones de dólares en ingresos anuales.

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Estos datos no son un tropiezo puntual. Reflejan un problema estructural de ejecución y planificación. Resulta especialmente sangrante si tenemos en cuenta que, durante este mismo periodo, se ha visto a menudo a la competencia, Sony, capear temporales similares con estrategias de venta de consolas y exclusivos mucho más agresivas y enfocadas.

Uno de los factores agravantes que más se va a notar en el corto plazo es el coste de los componentes de almacenamiento. El precio de estas piezas se ha multiplicado en los últimos tiempos, y ese golpe le va a doler más a Xbox que a sus rivales por una sencilla razón: decisiones de diseño tomadas en el pasado que ahora pasan factura. Traducido a la práctica, hablamos de una menor capacidad para ajustar precios de consolas sin descapitalizar aún más la división.

Franquicias olvidadas y oportunidades perdidas

El análisis de la situación va mucho más allá de la logística del hardware. Si uno repasa la hemeroteca reciente de Xbox Game Studios, encuentra un patrón preocupante: por cada alegría en forma de remaster inesperado, como el exitoso The Elder Scrolls IV: Oblivion Remastered, hay una lista creciente de lanzamientos que no cumplieron expectativas. Avowed, Hellblade 2, Forza Motorsport, South of Midnight o The Outer Worlds 2 no han conseguido, por diversos motivos, sostener el ritmo que una plataforma de este calibre necesita.

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Y luego está el caso de las propiedades intelectuales que directamente parecen abandonadas a su suerte. Mencionar Halo y Gears of War es hablar de los pilares que levantaron el prestigio de la marca en el pasado. La percepción general es que han sido tratadas con una mezcla de dejadez y mala gestión. A esto se suma el desastre de Redfall, lanzado sin la supervisión necesaria, o el desconcertante cierre de Tango Gameworks tras publicar un título tan aplaudido como Hi-Fi Rush. La sensación de que Microsoft tropieza con las mismas piedras una y otra vez es inevitable.

Según parece, la estrategia para revertir esto pasa por acelerar el desarrollo de sagas definidas como motores de la industria, con nuevos Fallout, Halo y The Elder Scrolls en un horizonte más cercano. Confiar en remakes como los rumoreados Halo 2 y 3 o en el tirón de una serie de televisión es una apuesta lógica, pero que destila cierta urgencia. Especialmente cuando, ocho años después del anuncio de The Elder Scrolls VI, Bethesda sigue sin poner una fecha de lanzamiento sobre la mesa.

Reestructuración, despidos y un futuro incierto

Todo este contexto desemboca en lo que suele ocurrir en las grandes corporaciones cuando los números no cuadran: recortes. Aunque Microsoft no ha confirmado nada oficialmente, los informes apuntan a que más de 1.000 empleados podrían ser despedidos tras el 30 de junio. Estos movimientos incluirían el cierre de algún estudio y una remodelación en la alineación de Xbox Game Studios, con equipos que pasarían a tener funciones de soporte o directamente se fusionarían hasta desaparecer en la práctica.

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Pero el ajuste de personal podría ser solo el aperitivo. Las opciones que se barajan para el futuro de Xbox son de una profundidad que da vértigo. Se habla de convertir la división en una subsidiaria independiente, lo que abriría la puerta a una posible adquisición por parte de otra entidad. También flota en el aire la idea de una joint venture al estilo de la que ya opera bajo el paraguas de Tencent con algunas franquicias masivas. La impresión es que Satya Nadella, CEO de Microsoft, ha dejado claro con sus declaraciones que la paciencia tiene un límite: Invertir mucho dinero durante 25 años no es suficiente si el negocio no se vuelve sostenible.

La paradoja del juego exclusivo y el coste de entrada

En mitad de esta tormenta, Xbox se aferra a un clavo ardiendo: volver a apostar por la exclusividad de consola. El problema es que esta decisión, que parece tomada en el último minuto, choca con una realidad de mercado donde la base instalada de consolas no crece al ritmo deseado. Se espera que un título como Gears of War: E-Day, cuyo presupuesto supuestamente supera los 400 millones de dólares, venda menos copias por no lanzarse en PlayStation. Y todo ello mientras la compañía admite que no puede fabricar tantas consolas como los jugadores querrían comprar.

Confiar en que los usuarios de Game Pass sostengan estos mastodontes financieros a un coste por usuario mucho menor es una ecuación que, a día de hoy, no sale. La combinación de costes de desarrollo desbocados, falta de crecimiento en hardware y un servicio de suscripción que canibaliza las ventas tradicionales es un cóctel explosivo. La pregunta que sobrevuela todo esto es si los mandos de Xbox seguirán existiendo tal y como los conocemos o si, dentro de unos años, recordaremos esta época como el lento desvanecimiento de una marca que no supo gestionar su propio legado. Por ahora, la única certeza es que el plan actual parece tan improvisado como frágil.

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